lunes, 4 de enero de 2010

Básico, no básico y dirigido.

…”y así pude vivir teniendo que
inventar los juguetes una vez al año”.
Carlos Valera



Fidel Castro cambió al homo ludens por el hombre nuevo. Por obra y gracia de alguna de sus locuras habituales, decidió que el día de Reyes sería sustituido por una aberración plagada de sentido proletario y antirreligioso.

Fue así que durante mucho tiempo una vez al año y durante 6 días, las tiendas de La Habana – o lo que iba quedando de ellas- vendían los juguetes que los niños revolucionarios debían recibir. El día en el que podías comprar era sorteado mediante un enrevesado sistema que resulta imposible recordar. Lo que sí rememoro con claridad es que mientras más te alejabas del primer día, habían menos juguetes disponibles para comprar. Como era de esperar, sobre este proceso existían dudas acerca de su transparencia y era un rumor expandido que el sistema estaba amañado.

Las vidrieras eran empapeladas con listas que indicaban qué día un niño podía comprar su juguete. A cada uno le correspondían tres juguetes que recibían los nombres de básico, no básico y dirigido. El por qué de tal denominación nunca lo supe. El primero, el básico, era el más importante, equivalente a bicicletas, carritos a pedales y cosas por el estilo. El segundo juguete, el no básico, era más corriente y el tercero, el dirigido, solía ser el peor de todos. Estos últimos, por lo general eran los palitos chinos y las bolas. Como siempre he tenido una mala suerte congénita, mi madre y yo sufríamos porque era habitual que me tocara el último día, el sexto, día en que crearon al niño frustrado. Siempre he poseído una pésima motricidad fina, por lo que los palitos chinos nunca fueron para mí. Así, con el correr de los años atesoré la mayor cantidad de bolas de todo el barrio Colón. Sí, el mismo de las putas y a mucha honra.

Creo que desde entonces se forjó mi anticastrismo, mi fobia a todo lo que huela a comunismo, mi obsesión porque hayan alternativas y se pueda ejercer libremente el derecho a optar. Ahora tengo una hija que ha nacido libre, o lo que es lo mismo, fuera de Cuba. Aunque pretendo ser medido a la hora de comprarle juguetes por razones totalmente opuestas a las que padecí – consumismo por ejemplo-, intento que siempre tenga uno nuevo. La ilusión que se genera en ella con la Navidad y la llegada de los Reyes Magos, la sonrisa que esboza cuando abre los regalos, son las armas de mi venganza. El próximo día de Reyes el dictador recibirá una bofetada virtual por cada niño libre -cubano o descendiente- que reciba un juguete nuevo. En cuanto a mí, confieso que a veces extraño mis canicas.

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